La vio y la abrazó con fuerza, muchísima fuerza, tras años y años de gritos suplicando que volviera a por él, preguntándose por qué se la habían llevado. Se acabó, la paz total, la serenidad absoluta y el consuelo a todos los males de la existencia… Y otra vez se despertó frustrado y aturdido entre sudor y lágrimas, deseando volver a ese lugar que su mente había creado. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y echó un vistazo entonces a la cajita donde guardaba las únicas posesiones que valoraba, muchas de las cuales le había dejado ella, unos recuerdos y sus buenos valores más preciados, más que suficiente para enfrentarse a las adversidades más salvajes del mundo y alcanzar cuanto pudiera desear. Miró al cielo un momento a través de la ventana, apagó la luz, se tumbó y cerró los ojos, anhelando volver a verla algún día y que entonces ese abrazo durara realmente para siempre…
Porque es lo único que te importa y lo único que te importará, y lo único que le importará a cualquier hombre hasta el fin de los días. Lo único por lo que vives y lo único que te hará seguir viviendo… por lo que te levantas cada mañana y por lo que dejas que tu carne se desgarre al ardiente Sol y al gélido halo de Luna… Lo único que da sentido a esta pútrida existencia… aquello por lo que, al final de todas las cosas, mereció la pena seguir… Ése será tu don y tu maldición… lo único que hará que seas feliz o que te retuerzas en las entrañas del sheol... y con él llorarás lágrimas de sangre y tocarás los albores de la existencia…
Fue entonces cuando apareció, como una visión espectral que atravesaba el umbral roído de la puerta del almacén, empapado a causa del chaparrón que asolaba, como casi todos los años, el primero de noviembre en aquel lugar. Tenía, como todos los días a esa hora, ese característico rostro matinal agrio, impasible y con las mismas ojeras del día anterior, fruto de miles de noches entre acordes amargos y vodka.
Se sentó en su taburete y sacó su paquete de tabaco como de costumbre, sin tan siquiera habernos dirigido una sola palabra a los allí presentes. Y tras plantarse uno de los cigarrillos en la boca, comenzó a fumar, pues era aquel tabaco el que siempre le daba los buenos días.
El humo grisáceo se elevaba dócil en el aire sin llegar a adoptar una forma determinada. Esto era lo único que le tranquilizaba, aun a sabiendas de que ese placer que le daba su fuerza en aquellas horas, se la quitaría de golpe años más tarde. Y era en ese momento cuando sacaba su guitarra, su fiel compañera, y empezaba a tocar. Nosotros tan sólo le mirábamos, contemplando absortos el ágil deslizamiento de sus dedos por el mástil, bajo el influjo de la grácil atmósfera que comenzaba a gestarse tras el nacimiento de cada uno de los sonidos que fluían entre las cortinas de humo. Reflejaba en aquellas cuerdas los acordes de sus pupilas, las cuales adquirían en ese instante el fulgor de mil estrellas. Y era entonces, mientras manaba aquella melodía antinatural cuando podíamos verle: Bajo la tenue luz que entraba por el ventanal y ante nuestros ojos aquel ser se encarnaba, indescriptible y brillante, como un suspiro de plata. Y en esa transfiguración nos eran mostradas de forma nítida visiones imposibles y podíamos sentir los latidos de la creación y éramos capaces de oler el aroma acre que tiene la existencia humana. Él era un músico, una pieza fuera del engranaje de Dios, un ente sin nombre, un ser extraordinario.