La vio y la abrazó con fuerza, muchísima fuerza, tras años y años de gritos suplicando que volviera a por él, preguntándose por qué se la habían llevado. Se acabó, la paz total, la serenidad absoluta y el consuelo a todos los males de la existencia…
Y otra vez se despertó frustrado y aturdido entre sudor y lágrimas, deseando volver a ese lugar que su mente había creado. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y echó un vistazo entonces a la cajita donde guardaba las únicas posesiones que valoraba, muchas de las cuales le había dejado ella, unos recuerdos y sus buenos valores más preciados, más que suficiente para enfrentarse a las adversidades más salvajes del mundo y alcanzar cuanto pudiera desear. Miró al cielo un momento a través de la ventana, apagó la luz, se tumbó y cerró los ojos, anhelando volver a verla algún día y que entonces ese abrazo durara realmente para siempre…
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